martes, 21 de marzo de 2017

Those who fuck you better are harder to forget.


I look for him on the streets of Buenos Aires. I know he isn't here. I know he is not here. He's miles and miles away. Far away in the city of the island. Just now I was making some toasts and I heard his voice. His laughter. In my head. A memory of that night. When we were about to go. And I told him I had taken all his stuff from the couch, where he had left them before we went upstairs looking for our stuff. 'I know', he said, and then he laughed. That laugh. His voice. It kills me everytime. It makes me get wet. He makes my cunt tremble. My cunt can feel it. The thrill, the excitment. My lips, and my lips in his cock on the train. The rush. His eyes, his dick, my lips.

Oh, shit, I just burned my toasts.

martes, 21 de febrero de 2017

Viajar

Recuerdo mi primer gran viaje. Sola -sin mis papás-. Con unxs amigxs/compañerxs de la facultad viajamos a un congreso. La emoción. Mi primer gran viaje. Lo que mejor me acuerdo de ese viaje no fueron las borracheras, los nervios de verlo a él, la gente nueva, los mates, el congreso, la ciudad. Lo que mejor me acuerdo fue la conversación que tuve con mi mamá cuando le hablé del viaje. No le tuve ni que insistir demasiado. Me dijo que sí sin yo tener que dar las 101 razones (que muy bien había ensayado) por las que ella debería patrocinar mi viaje.

Mi mamá tenía la capacidad de decir cosas sin tener que efectivamente decirlas. Ese momento fue uno de esos momentos. Sin tener que decirlo me dijo que vaya, que explore el mundo por mi misma. Que lo vea, que lo sienta, que lo viva, que me duela.

El recuerdo de aquel día y de aquella jovencita del interior en la gran ciudad quedó bastante atrás en mi memoria. No fue hasta hace poco que volvió. ¿Cómo es que volvió? Resulta que hace una semana volví de Nueva York, después de haber estado un mes en los Estados Unidos. Una aventura sin precedentes. 3 estados, 4 aeropuertos, 5 trayectos, demasiadas horas de viaje.
Y yo sin ella.
Y yo con ella.
Y la aplastadora verdad que me golpea y ahoga.


viernes, 13 de mayo de 2016

Soñar un sueño.

Llegué a la finca de mi abuela como todos veranos. Mis papás y hermanas habían llegado unos días antes que yo. No recuerdo si fue sola o con César. Cuando llegué las busqué a mis hermanas y a mi mamá pero no las pude encontrar. La casa de mi abuela no era la vieja casa de barro que siempre había sido, era una gran casa ahora, llena de habitaciones, lista para albergar la gran cantidad de nietos, sobrinos e hijos que los años habían traído. Eramos muchos, primos, sobrinos, tíos, muchos. Al otro día me desperté y las busqué por la casa pero tampoco las encontré. Me levanté algo tarde, como es costumbre mía, así que supuse que se habían ido al río. En busca de ellas bajé al río, pero no donde siempre ibamos a buscar agua cuando eramos chicas, lavabamos las medias y nos bañabamos, ahí cerca del eterno manzanero, no, fui por otro camino, por un nuevo camino. Un nuevo camino que los nuevos señores administradores de la finca habían trazado. Así llegué al río, río arriba de donde ibamos a buscar agua, lavar las medias y bañarnos cuando eramos chicas. Allí no las encontré, pero estaban mis tíos, primos primeros, primos segundos, hasta algunos primos que se yo de qué grado son. Les pregunté por mi mamá. Ninguno sabía nada. Mi primo Daniel se había ido a buscar ganado, me dijeron que le preguntase a él después. Volví a la casa frustrada. En la casa encontré más familiares, seguí preguntando por mi mamá. Allí alguien, no recuerdo quién, me dijo que mi mamá se había ido al río. Imaginé que al río donde ibamos cuando eramos chicas, sí, ahí donde buscabamos agua, lavabamos las medias, donde solíamos bañarnos, ahí mismo. Bueno, me dije, ya va a volver. Pero cayó la noche y mi mamá no volvió. Me preocupé y a la hora de la cena los confronté a todos y les dije que porque putas nadie sabía nada de mi mamá, que qué les pasaba a todos, que porqué a nadie le importaba. Ahí seguramente a más de alguno le remordí la conciencia o no sé, pero salieron a buscarla. Y así fue, en la oscuridad de la noche salieron todos los hombres de la casa a buscarla. Las linternas alumbraban todo el campo y yo esperaba. En la casa encontré un par de viajeros que me habían dicho que sabían que ella había llegado hacía un par de días, que había vendido pescado en Guachipas. Qué raro, dije, pero no encontré razón para pensar porqué mentirían. Luego encontré una escalera, en el ala oeste de la casa. Era muy grande la nueva casa que no había tenido tiempo de explorarla. Allí encontré a unas mujeres negras de grandes tetas. Les pedí que me ayudaran a encontrar a mi mamá. Ellas accedieron y se pusieron a bailar. Bailaron un baile hermoso, un baile tribal hermoso. Algunas quedaron bailando y otras desaparecieron. Más tarde, llegó una con un bebé. Una bebé con la mitad de la cara paralizada. La reconocí enseguida. Era ella, era mi mamá. Me dijo la negra que la había encontrado en el río, ahí donde ibamos a buscar agua, en donde lavabamos las medias y nos bañabamos cuando eramos chicas, cerca del viejo manzanero. Estaba allí, siempre estuvo allí. Estuvo ahí sola y con frío, con hambre, bajo el rocío y la negra noche. Ahora estaba en mis brazos. Pero llegó mi tío Efraín en ese momento, justo cuando ella acababa de llegar a mis brazos. Él entró, y se sorprendió por el bebé. Lo agarró en sus brazos y creo que también lo supo. Me miró sorprendido y mi mamá le dió un beso lleno de baba de bebé en el cachete derecho. Ella olía a bebé, a leche dulce de madre primeriza. Olía a ella. Sentí su rechazo en el gran beso que le dió a él. Era él, su primer hijo por así decirlo.

Me despierto desorientada con los ojos bien abiertos, con frío y en la oscuridad. César duerme al lado mío. Pienso y rebovino el sueño tan vívido. No siento nada más que apabullamiento. No puedo ni llorar. Me siento y se despierta, sueño ligero tiene. Hablamos y logro entender. Logro llorar. Aquí mismo donde escribo estas palabras. Ya va a ser un año de su muerte. Hace un año que sentía por primera vez ese apabullamiento, ese llanto profundo.

miércoles, 4 de mayo de 2016

De complacer.

Los últimos años de mi vida, 3 o 4 creería, han estado caracterizados por una profunda tibieza. Una profunda tibieza que ha atravezado prácticamente todos los aspectos de mi vida. Una profunda tibieza caracterizada por el angustiozo deseo de complacer a lxs otrxs. Creo haber empezado este comportamiento con el complacer a mi compañero. La sensación de complacer al otro tiene su adicción. Con el paso del tiempo terminé complaciendo a muchos más. A mi  madre, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros circunstanciales, etcétcera, etcétera, etcétera. Miro atrás y no me reconozco en quién solía ser. O quizás lo contrario. No me reconozco hoy.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Melodía maldita y la música del orto.

Constantemente me pregunto por qué escucho la música del mierda que escucho. Por qué leo la mierda que leo. Por qué veo a la gente de mierda que veo.
La quietud de mi mente es escalofriante. La mayor parte del tiempo no pienso. Mi mente está en blanco. No hago ni el esfuerzo. Lo sé. Lo sé, lo veo, lo siento. Tan real como la ausencia. Y me da miedo. Ya no sé quien soy. Me da asco en lo que me convertí. Necesito despertar de este entumecimiento.
No creo que te interese saber todas estas cosas, pero yo no era así. Las cosas eran diferentes, no dramáticamente diferentes, pero diferentes. Es muy fácil culpar a los demás de todo lo que me pasa. Es muy fácil. Y muy difícil es escapar de ese círculo.
La muerte de mi mamá es una excusa. Venir a vivir a esta ciudad es una excusa. La relación a la distancia es una excusa.
Mi infantilismo alcanza niveles nunca antes vistos. Y al infantilismo recurro. Me calzo los auriculares, cierro los ojos y escucho una canción de cuna para dormir.



Y bueno, dale.


viernes, 19 de febrero de 2016

Instantánea.

Voy caminando por la orilla del río y el viento caliente que me pega en la cara. La puta madre. El puto padre. Que calor del orto. Es domingo y acabo de llegar a la rivera. Miro el río y no siento nada. Esta ciudad me saca toda la capacidad de emocionarme. Sólo me alivia haber salido de esas cuatro paredes que atormentan.  Me compro una bondiola para apalear el hambre. Mientras tanto miro el río, busco sin buscar, y sin querer me parece ver algo. Tanteo en el bolsillo, agarro, vuelvo. Miro otra vez. Sí, yo sé que ahí está. Apunto y disparo. Y disparo otra vez. Y otra vez. Sí, lo encontré. El ángulo perfecto.
Y ahí está, fue sólo un momento.
Así como vino, se fue.
Pero fue.